El administrador de fincas de ayer, hoy y mañana

Si volvemos la vista atrás los administradores más veteranos recordamos cómo se administraba en la década de los 80. Por ejemplo, los seguros sociales se pagaban cada seis meses, había únicamente tres categorías en los empleados de fincas urbanas (incluida una que era portero sin plena dedicación), la contabilidad se llevaba manualmente…

Es cierto que la figura del administrador de fincas no tenía nada que ver con la que actualmente tenemos: éramos una parte consustancial del edificio; conocíamos personalmente a casi todos los propietarios, manteníamos una relación estrecha; éramos imprescindibles para la buena marcha del edificio y una figura respetada que representaba a la comunidad.

Los administradores de fincas conocíamos personalmente a casi todos los propietarios y éramos una figura respetada que representaba a la comunidad

Con el paso de los años llega la implantación de nuevas tecnologías. Los primeros ordenadores posibilitan que presentemos listados de gastos, gráficos de porcentajes. La profesión de Administrador de Fincas se va especializando cada vez más y para ejercerla seguía siendo obligatorio pertenecer a nuestro Colegio.

En los últimos tiempos, todo esto ha ido cambiando a velocidad de vértigo, impulsado por la implantación de los avances tecnológicos, el obligado conocimiento de las herramientas de despacho y, por consiguiente, por nuestra propia evolución y adaptación a las mismas.

El trato personalizado

Como en el término medio está la virtud, debemos aprovechar lo bueno de cada una de las épocas por las que hemos pasado. En este sentido, la existencia de los avances y las prestaciones que aportan las nuevas tecnologías no debe hacernos olvidar la esencia de nuestra profesión que debe ser, fundamentalmente, facilitadora de la complejidad en la que se ha convertido el funcionamiento de una Comunidad de Propietarios, tanto a nivel interno como en las relaciones y obligaciones con las Administraciones Públicas.

La actualidad cambiante no debe hacernos dejar de lado todo lo aprendido ayer y en ello tiene un papel fundamental el Colegio Profesional de Administradores de Fincas de Madrid que debe luchar y, por tanto, debemos luchar todos, para poner en valor nuestra profesión.

Nuestro Colegio, integrado y asentado en esta actualidad cambiante, es el respaldo de profesionales altamente cualificados que deben apoyarse en los servicios y ventajas que  nos ofrece

Nuestro Colegio, integrado y asentado en esta actualidad cambiante, es el respaldo de profesionales altamente cualificados que, de ninguna de las maneras, pueden perder la esencia del trato cercano y profesional y que deben apoyarse en los servicios y ventajas que éste nos ofrece, ventajas diferenciadoras del resto y de las que debemos informar a nuestros clientes. Entre otras: importantes seguros de responsabilidad civil y caución o magníficas asesorías que nos aconsejan sobre cualquier tipo de dudas que tengan las comunidades. Es nuestro valor añadido frente al intrusismo, que tanto daño nos está haciendo.

Nuevos modelos de administración

La aparición de nuevos modelos de administración con la concentración de despachos de administradores en una estructura que ofrece todo tipo de servicios y suministros a las comunidades puede hacer tambalear la institución colegial si los propietarios entienden esas organizaciones como grandes entidades que, en algún momento, suplantarán la figura del administrador.

Los supuestos servicios 24 horas, la nube, la atención por parte de una persona que no es el administrador contratado, etc., pueden hacer que la figura del Administrador de Fincas Colegiado se vea como no necesaria ya que, a corto plazo, se ofrecen servicios a bajo coste que finalmente se demuestran insuficientes para poder dedicar a una comunidad el tiempo y la atención que necesitan, primando la rentabilidad económica.  Pero el perjuicio ya estará hecho.

En la actualidad, casi todas las profesiones han sufrido o están sufriendo intromisiones que exigen nuevos planteamientos en sus funciones para que su adaptación a esas propuestas (cantos de sirena, en muchas ocasiones) no desemboquen en una minoración de su prestigio y competitividad profesional ni conlleven, a la larga, su desaparición.

No es cuestión de reinventarse constantemente, pero sí de actuar desde una nueva estrategia que, en el caso de nuestra profesión, pasa por mantener esa atención personalizada, como un valor añadido a nuestra, cada vez, mayor cualificación y especialización en una complejidad temática que, de verdad, preste servicios con todos los avances tecnológicos sin perder la cercanía y la implicación directa en el ejercicio de esta profesión que fue de una manera en el ayer, de otra más compleja en hoy y, esperemos que imprescindible  y puntera en el mañana.

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